lunes, 20 de junio de 2005

Europa, mejor sin esta Constitución


Si Euskal Herria (dicen los españoles) está mejor sin el Plan Ibarretxe, Europa sin esta Constitución está mucho mejor. Hay que dar la palabra a los europeos así como reclamamos que nos la den a los vascos.
La madurez de los pueblos se patentiza en la responsabilidad que asumen ante los grandes acontecimientos que seriamente les afectan ya sean guerras, cambios de gobierno o modificación de sus normas constitucionales.
En estos últimos meses tanto el Pueblo Vasco como el Estado español se han enfrentado a la ratificación por referéndum de la Constitución europea. Podemos decir que la inmensa mayoría de los votantes españoles de este referéndum no conocíamos el contenido de la misma por más que hubiéramos asistido a conferencias y mesas redondas que de forma partidista nos la explicaron. El referéndum español se realizó demasiado pronto, sin preparación ni maduración social y sin la previa participación ciudadana en la elaboración del Tratado.
Las razones que han movido a los franceses a negar la validación de esta consulta pueden ser tachadas desde la óptica española de simplistas, desenfocadas, chovinistas y aun centradas en la política interna. Sin embargo, con estos juicios de valor se está negando la base de la democracia cuando se afirma que la mayoría social francesa no tenía una capacidad suficiente de madurez y que actuaba con criterios de revancha política interna.
Pero los trámites que tuvieron los españoles para aprobar la constitución europea y los franceses para rechazarla están demostrando un comportamiento político y social fundamentalmente contradictorio. En España ha predominado (como en otros países de Europa) la existencia de unas instancias de poder, principalmente de los partidos políticos, que están ejerciendo una tiranía de la desinformación juntamente con la exigencia de una obediencia ciega de los votantes en las elecciones, en las manifestaciones callejeras y en los referéndum. Los franceses y los holandeses votaron en contra de la constitución por una serie de razones que luego examinaremos pero demostraron que estaban saturados de una Europa puramente economicista, neoliberal, antisocial y sobre todo manipulada por las instancias del poder.
Hay muchos que rechazamos esta constitución europea como definitiva, que la miramos como mal menor, como mal necesario para la aceptación de una nueva constitución. No somos euroescépticos. Somos demócratas que rechazamos el que se nos manipule desde el poder político, desde instancias burocráticas y desde poderes mercantilistas.
Europa no puede ser lo que nos hacen creer las instituciones europeas actuales. Europa no puede construirse desde arriba con criterios neoiusnaturalistas. Las instituciones europeas deben ser democráticas, con miembros elegidos a través de un respaldo popular y con el objetivo de resolver los intereses de los europeos.
Juristas y politólogos neoiusnaturalistas como los describe Miguel Herrero de Miñón. Gentes llenas de ciencia, entusiasmo e ingenuo orgullo que se olvidan de la vida real no siempre plegable al pensar matemático. Las instituciones las han deducido de las ideas y han ajustado la vida a sus reglas. Los actuales neoiusnaturalistas españoles y europeos prohíben lo que fue el estilo de la redacción constitucional española de 1978. No permiten discusión alguna sobre la monarquía, la autodeterminación, las fórmulas confederales, el engarce de los pueblos, de sus lenguas y culturas en una realidad europea, el amparo bajo el concepto de matrimonio de las uniones homosexuales tanto como heterosexuales.
¿Qué constitución europea es ésta que va contra los intereses de los europeos? ¿Cómo puede presentarse ante nuestro horizonte afirmando que tiene que recortar los derechos sociales de los trabajadores, que no admite la existencia de los pueblos de Europa porque recortan su soberanía, que no tiene solución a la gran riqueza cultural europea plurinacional, plurilingüística y pluricultural?
La Constitución europea que ciegamente se ha aprobado en el referéndum español es larga, ilegible, de laboratorio, teórica en la afirmación de los derechos, inoportuna, de elaboración iushistórica, antisocial, desilusionante, mercantilista en la práctica, desconectada en su elaboración y ratificación de los intereses sociales, sin metas de ámbito político e internacional. Nadie que haya leído y aprobado esta constitución se siente eufórico para exponer sus objetivos y sus horizontes.
Si Europa no tiene horizonte para los europeos, para sus pueblos, para sus culturas, para sus lenguas, para el papel que debe jugar internacionalmente ante los otros pueblos del tercer mundo, para saber moderar la guerras preventivas y para frenar el liderazgo de los iluminados que ya gozan de las armas atómicas, es mejor que se quede sin constitución, sin proyecto político, sin otras instituciones europeas que las exigidas por la Comunidad Económica Europea.
La historia de estos últimos cincuenta años de construcción europea estaba respaldada por el éxito y la satisfacción de los miembros de esa misma Europa. Ahora se nos presentaba un proyecto de constitución europea que ni aseguraba el éxito social, ni político ni económico. Y sin embargo se presentaba como la clave de bóveda de un entramado de filigranas políticas que satisfacía a las exigencias de una clase política que era burocrática, interesada y escasamente europeísta.
Las exigencias de la globalización no son suficientes para justificar un paso tan trascendental que nos lleve desde la Comunidad Económica Europea al ideal histórico de Europa que muchos pensadores desde el Renacimiento han formulado especialmente el valenciano Luis Vives. Los redactores de la Constitución europea se han olvidado de algo tan importante como son las cosas mismas. Un olvido del que la realidad no deja nunca de vengarse, puesto que los hechos, especialmente en democracia tienen una vigorosa fuerza formativa.
La Constitución europea debe nacer de las reflexiones plurales, de las exigencias sociales de los europeos, de la salvaguarda de las libertades fundamentales, del acuerdo establecido de las distintas instancias de poder que los pueblos europeos han desarrollado en la historia. Necesitamos que los estudiosos y profesionales nos den una visión europea de los distintos niveles de las ciencias: una historia de los pueblos que conforman Europa, de sus ideas políticas y formas de gobierno, de sus afinidades científicas, étnicas y culturales. Si fue fácil construir desde arriba la Comunidad económica europea, Europa como unidad política, cultural y unión de culturas y pueblos en el ámbito internacional no puede ser edificada desde arriba sino fundiendo los intereses de las distintas clases sociales, los proyectos políticos y los horizontes lingüísticos y culturales. Europa debe configurarse lentamente, democráticamente e interrelacionando los proyectos de todos los europeos. De otro modo nos retrotraeríamos al Despotismo Ilustrado del siglo XVIII.
A los europeos que en últimos lustros han vivido la revolución industrial y el largo camino de luchas laborales, huelgas y plantes para adquirir el horario laboral, el derecho al paro, la seguridad social y las condiciones de una digna jubilación se les ofertaba a cambio de nada el que renunciaran a todas esas adquisiciones recibiendo un nuevo título de europeo que ni siquiera los pueblos, ni los partidos políticos ni los sindicatos podrán reclamar ante unas instituciones burocratizadas y ensimismadas en una filosofía que no es ni humanista ni solidaria.
Como dice Juan Claude Juncker ‘‘la Europa de hoy ya no provoca ilusión y sueños en la gente. La gente no quiere a Europa tal y como es actualmente y por eso rechaza esa Europa que propone la Constitución’’.
Y ahora repensemos nuestra situación desde Euskal Herria como vascos que siempre hemos visto en Europa el horizonte de nuestra salvación. Tras esta Constitución europea se agazapaban intereses espurios que nos exigían que los vascos renunciáramos a nuestra propia idiosincrasia ya que nos negaban la existencia como pueblo, nos exigían renunciar a nuestro derecho público y privado y nos condicionaban para siempre el estar incrustados de una manera estridente en el marco estatal de España. Se nos ofrecía tímida e inconscientemente el que intentáramos, una vez dentro de esta constitución europea, el entablar de nuevo una guerra sin cuartel para cambiar esta Constitución europea, cuando sabemos de los intereses creados que sostienen la dogmática inviolabilidad de la Constitución española de 1978.

Xosé Estévez y José Luis Orella Unzué son profesores univesitarios
http://www.deia.com/es/impresa/2005/06/19/bizkaia/iritzia/135375.php