miércoles, 29 de noviembre de 2006

Lindezas pastorales



IAN Gibson
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=359759&idseccio_PK=1006

La inscripción en sí no tiene nada de anormal: en muchas fachadas de muchas iglesias españolas las hay parecidas o iguales, aunque en este caso las letras, destacadas en rojo y acompañadas de una perenne corona verde, son enormes y han sido esculpidas con notable esmero: José Antonio Primo de Rivera. No nos puede sorprender que en Granada, en el mismo muro de la entrada al sagrario de la catedral, perviva este homenaje a uno de los mayores responsables de la guerra civil. Porque fue en Granada, como no nos dejan olvidar nunca los adictos a la España tradicional, donde se aplicó borrón y cuenta nueva a moros y judíos en 1492; donde se inventaron los símbolos del yugo y las flechas; donde se firmaron los acuerdos que hicieron posible que Colón tropezara (providencialmente, por supuesto) con las Américas; y donde, en 1936, se acabó en pocas horas con unas hordas rojas peligrosísimas (en realidad, cuatro gatos). En efecto, como dijo Antonio Machado --refiriéndose a la clase pudiente granadina, no al pueblo--, esta ciudad ha venido siendo desde hace siglos una de las más "beocias" de España.
Se sigue notando. A unos 400 metros del mencionado sagrario, justo delante de la Diputación Provincial, sigue en pie otro recuerdo del fundador de Falange Española, un monumento con la inscripción Granada a José Antonio. Cuando se piensa que en la ciudad y sus aledaños fueron fusilados muchos miles de inocentes por el solo hecho de ser republicanos, con Federico García Lorca a la cabeza, y que hijos y nietos de los muertos pasan delante de esta afrenta cada día de su vida; cuando se contemplan las actitudes del actual cabildo popular y se escuchan las opiniones del nuevo arzobispo de Granada, digno sucesor de Antonio Cañizares, uno se pregunta cuánto tiempo será preciso para que en este país haya una derecha inteligente, dialogante, magnánima, capaz de admitir errores y hasta de entender el legítimo dolor de los demás.

Más de uno dirá, me imagino, que este comentario es producto del hecho de que ni un solo representante del PP haya tenido el detalle de asistir a la concesión del premio que me acaba de otorgar el Patronato de Turismo de la Diputación de Granada, de mayoría socialista, por mis libros sobre Lorca y la difusión que han supuesto para el nombre de la ciudad y sus atractivos. Tan llamativa ausencia no me ha herido, pero sí me ha dolido. Me ha demostrado, una vez más, que con el PP el diálogo es casi imposible.
Digo casi. La reciente instrucción pastoral y el debate en torno a ella están teniendo la virtud de demostrar que por fin, y pese al deprimente entorno eclesiástico que estamos padeciendo, alguna mínima discrepancia hay, o va habiendo, en el seno de la Conferencia Episcopal. Discrepancia por supuesto no admitida por el inefable portavoz de la misma, Juan Antonio Martínez Camino, para quien los obispos están "más en comunidad que nunca". El hecho de que no todos ellos estén convencidos de que España --la España de los Reyes Católicos, la España de la sagrada unidad-- sea necesariamente un "bien moral" es una noticia de cierto calado. ¿Cómo iba a ser un "bien moral", puestos a pensarlo, la visión que tienen algunos iluminados de la historia de un país, como si de una revelación celestial se tratara? Machado decía que el marxismo ruso sería superado, en su momento, por algo más profundo: por el sentido fraternal, radicalmente cristiano, de aquellas gentes de corazón tan inmenso. ¿Por qué, pues, la gran España --y ellos son quienes dicen que la quieren grande-- no podría ser la que contuviera mil posibilidades de convivencia, con el énfasis siempre puesto en el respeto al otro, ¡en la calidad de los hospitales!, y sin que ningún credo se impusiera a nadie ni se tuviera por el único correcto?

Resulta extraño que el cardenal Cañizares, tan preocupado por bienes morales, nos diga que no se puede hablar con "terroristas". ¿No es un hecho que el cristianismo, en la versión impuesta a lo largo de los siglos por la Iglesia católica, ha distado poco de ser una forma de terrorismo? Miles de años imponiéndonos el miedo visceral al infierno para que luego el Papa, el penúltimo, nos diga que no es un lugar físico, sino un espacio metafórico. Y que Dios tampoco es el padre furibundo y castigador que hemos pensado, con cabeza gigantesca, barba larga, sentado en las nubes, sino otro concepto o símbolo o no se sabe bien qué.
Los creyentes en un más allá hipotético han matado a incontables millones de sus semejantes. No me consta que hayan pedido nunca perdón. En concreto, no me consta que ningún obispo o arzobispo haya pedido disculpas por la lamentable actuación de su Iglesia en la España de la posguerra, cuando fueron llevados a los paredones decenas de miles de inocentes. Ahora esta misma Iglesia se atreve a acusar al Gobierno de promover el odio con la proyectada ley de la memoria histórica. Lo hace, además, utilizando una radio inmunda inconcebible en cualquier país civilizado de Europa. Han perdido la vergüenza. Honradamente, no sé cómo se puede vivir así.