domingo, 13 de diciembre de 2009

Los caminos de la paz



CARLOS GARAIKOETXEA

Cuando parece evidente que algo se mueve en el entorno de ETA, y más concretamente, cuando destacados dirigentes de la exBatasuna anuncian una apuesta por las vías exclusivamente políticas, (que muchos desearíamos con mayor claridad), las reacciones de las fuerzas políticas y del Gobierno Central, son una vez más contradictorias. Por eso uno no puede menos que evocar la recomendación del tan recordado Mario Onaindia cuando años atrás enunciara una de sus originales formulaciones: «Hay que hacer política en este país como si ETA no existiera».

Desgraciadamente ETA existe y algunos utilizan la existencia de ETA como un motivo importante de su quehacer político. Entre otros, como veremos, el Gobierno español dirigido por los compañeros de partido de Mario. Claro que, siendo este país tan complicado políticamente, a Onaindia tampoco le podía resultar fácil acertar. Al igual que cuando anunciaba en la campaña pro Estatuto hace treinta años aquel eslogan electoral «El Estatuto, un marco autónomo de lucha de clases», y aún hoy, se siguen discutiendo las competencias de empleo y treinta y tantas cosas más.

El Gobierno Central ha reaccionado denunciando como mero engaño para incautos los movimientos observados en la exBatasuna, (acompañados de debates de militantes y presos), y ha respondido encarcelando a los principales portavoces de esa significativa aunque insuficiente apuesta por las vías políticas. Hasta el punto de que algunos de sus proféticos anuncios del fin próximo de ETA por la vía exclusiva policial, traían el recuerdo de aquel general franquista que profirió frases célebres como «Son como un resfriado que se arregla con una aspirina».

Seguramente, las motivaciones para estas actitudes pueden ser muy diferentes: si el de la aspirina creía a pie puntillas en la exclusividad de las vías policiales, hoy sin duda, existe mayor sutileza política en el Gobierno Central: ¿No será que este hostigamiento a quienes apuntan en la exBatasuna a la necesidad de cambios responde al temor de un final de la «estrategia político-militar» que permita la entente de diferentes fuerzas abertzales, y termine con la oportunidad puesta en bandeja a los partidos estatales con las ilegalizaciones? Ya lo dijo, hace años un gurú bien reaccionario de la prensa española: Mejor ETA, una úlcera que sangra de vez en cuando, que el peligro de esa entente política.

No voy a entrar a juzgar las diversas reacciones de otros sectores políticos, desde los que han preferido moverse en una actitud más o menos ambigua, incluso con reparto de papeles en sus valoraciones, hasta los que, más papistas que el papa, desde el propio mundo abertzale rivalizan en severidad con Rubalcaba.

Sí quiero reivindicar la posición de Eusko Alkartasuna, que ha sido desfigurada con cierta saña por el interés político y las obsesiones de algunos disidentes tránsfugas, que han llegado a afirmar que EA se había echado en brazos de la exBatasuna ilegalizada mientras ETA seguía matando, como si nuestros dirigentes fueran unos canelos, crédulos a marchamartillo, que no hubieran exigido hasta la saciedad el cese de ETA para que sea posible una entente soberanista, o polo, como se la quiera llamar, y no hubieran resaltado igualmente la insuficiencia de los pronunciamientos de los dirigentes de la exBatasuna. Pero, ante tales pronunciamientos, (que un político tan poco sospechoso como Jáuregui ha definido no desdeñables), caben dos actitudes: Una, metiendo en la cárcel a sus impulsores y manteniendo interesadamente en el limbo político y electoral a un sector del mundo abertzale. Otra, la de EA con todas la cautelas y poniendo con claridad la línea roja intraspasable de la violencia, no obstaculizando esos procesos, siempre complicados, y en la medida de lo posible estimulando su buen final.

Y a nadie puede sorprender que como abertzales podamos observar con cautela pero con cierta esperanza y hasta estimular un proceso al cabo del cual, superada la pesadilla de la «estrategia político-militar» todos los que compartamos el ideal de una nación vasca libre y en paz, sin exclusiones, podamos llegar a entendimientos básicos. ¿O sólo es natural el «polo» PP-PSE?