jueves, 8 de octubre de 2009

Y dale con la idad


"La propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario"
Noam Chomsky


Urdido por el grupo de asesores que trabajan para el Estado, el término-mensaje ha inundado los discursos para inventar una realidad al gusto del pacto, que aminore los anhelos soberanistas, pero que no trata de normalizar, sino de encubrir.

Por José Ramón Blázquez, * Consultor de Comunicación - Jueves, 8 de Octubre de 2009 -

http://www.deia.com/2009/10/08/opinion/columnistas/behatokia/y-dale-con-la-idad

La normalidad trae consigo el juramento sagrado de españolizar Euskadi con la corrección paulatina de las políticas educativas, culturales, económicas...

EXISTE el ministerio de la propaganda, no lo dude. Y se oculta bajo la suave apariencia de la gestión informativa. El caso es que en la administración española trabaja desde hace años un grupo de asesores, compuesto por sociólogos y profesores universitarios, cuya misión, en el ámbito de la lucha antiterrorista y su confusa aleación con los desafíos nacionalistas, es asesorar al Gobierno en la elaboración de mensajes y lemas públicos que acompañen las más graves decisiones políticas y que su divulgación mediática sirva de guía de opinión y tutela de la gente y al mismo tiempo ahogue el espíritu crítico y la disidencia civil. Hacer creíble lo increíble es su tarea o, dicho de otra manera, desacreditar la verdad. O traficar con temores. El Estado tiene quien le construya el pensamiento-eslogan y quien le componga las canciones-censura que ha de entonar el pueblo. Ésta es la patología democrática de España, tanto más perniciosa cuanto más permeables al engaño y más crédulos sean sus ciudadanos. Frente a esta amenaza, no conozco vacuna más eficaz que un moderado chute de escepticismo.

Cuando en España se urdió secretamente el pacto PSOE-PP para despojar al nacionalismo del mandato que los vascos le habían otorgado en las urnas de seguir gobernando la CAV, pensaron los oráculos ministeriales que había que inundar Euskadi de un mensaje anestésico: la normalidad. Éste era el gran concepto a vender en el supermercado de la opinión. ¿Con qué propósito? Obviamente, el de tranquilizar a la mayoría social, escamada por la alianza antinacionalista, en el sentido de que el nuevo Gobierno vasco y su lehendakari traían consigo un bagaje de serenidad y que no iba a producirse el derrumbe del autogobierno y sus avances. Que el PP no sería un problema, porque sus dirigentes atenuarían su radicalidad. Que todo sería sosiego, un tránsito amable a una administración nueva cuyo principal designio era la paz y el entendimiento. Una feliz alternativa a la crispación. Una renovación. O sea, un mensaje de redención de una realidad sociopolítica burdamente dramatizada. Era el primer paso de la gran ocultación: un plan intensivo de españolización de Euskadi. Comenzaba la serenata de la normalidad y bajo su desafinada balada continuamos todavía.

El coro de la normalidad lo inició López en campaña al prometer "ser el lehendakari de todos y traer la normalidad democrática", como si esta porción de Euskal Herria hubiera vivido bajo un régimen arbitrario. El eslogan se fue propagando con sospechoso contagio. Así Patxi López y Miguel Sanz, con ocasión de su artificioso encuentro, acordaron "dar normalidad a las relaciones Navarra-Euskadi". Iñaki Gabilondo, en la cadena televisiva Cuatro, señaló que "con Patxi López, lehendakari, recibido en la Moncloa, Euskadi nos ha mostrado el rostro de la normalidad". Al abrir el palacio de Ajuria Enea, en exclusiva para los lectores de El Correo Español, la esposa de López, Begoña Gil, señaló que "asumía su nuevo rol y hacía gala de normalidad". Cuando un comando militar plantó la bandera rojigualda en el monte Gorbea, se dijo que la actuación del Ejército se enclavaba "dentro de la normalidad". Ares, mano derecha e izquierda del lehendakari, explicó que la visita institucional a Berrozi pretendía "dar normalidad a las cosas que son normales". El director general de EITB, Alberto Surio, calificó de "acto de normalidad" la próxima y ultrasimbólica emisión del mensaje navideño del rey en las pantallas vascas, al igual que su frívolo reportaje en Vanity Fair fue considerado por el lehendakari como "muestra de normalidad". Y ya transfigurado por su mensaje sedante y su misión profética, López manifestó que "retirar las fotos de presos etarras es la revolución de la normalidad". Es para morirse de risa o de espanto. ¿No sabe López que la práctica constante de la hipérbole conduce a la extinción de la verdad? Hasta la exageración tiene sus límites.

Se trata de inventar una realidad a gusto del Estado. Y tal ficción empieza por las palabras, material más dúctil y maleable que el oro y, por supuesto, más barato. El mensaje de normalidad pretende justificar un hecho atroz frente a un caos inexistente, presentando a Euskadi como una gran anomalía, un país que había que regularizar por su propio bien. Pero, ¿existe algo más anormal que una democracia que expulsa del sistema al 10% de la población por medio de la ilegalización de partidos? ¿Cabe en el mundo algo más anómalo que el presidente de un país sea enjuiciado por celebrar un diálogo en busca de la paz? ¿Es acaso normal que el poder judicial fuerce a un parlamento soberano a decidir según el criterio de los togados? ¿Se puede considerar normal el cierre de periódicos? ¿Y los crímenes de Estado? Y, sin embargo, aquellos que infundían sobre Euskadi los más anormales aconteceres -ilegalizaciones, proceso penal del lehendakari Ibarretxe, violación de la soberanía parlamentaria, cierre de periódicos y paroxismo político-judicial generalizado…- son los que ahora nos traen, ¡oh sacra y venturosa España!, el amanecer de Euskadi a la normalidad. El cinismo al poder.

Es cierto que ETA constituye una terrible anormalidad democrática; pero ésa es una desgracia instalada entre nosotros desde hace 50 años y ocurría con Franco y cuando los socialistas cogobernaban aquí con los nacionalistas, así como cuando el PP buscaba afanosamente el apoyo del PNV en Madrid. ¿Qué ha cambiado entonces? Ha sido el disparo de la alarma del Estado, siempre a la defensiva en cuestiones de avance democrático y soberanía, la que ha convocado un frente patriótico para excluir al nacionalismo del gobierno, misión en la que el mensaje la normalidad actúa de embajador e inspiración de lo que ha de venir. ¿Y qué trae consigo esta normalidad? Además de una embustera placidez, viene con el juramento sagrado de españolizar Euskadi mediante una asimilación plena a la trama institucional del Estado y una corrección agresiva de las políticas de desarrollo educativo, cultural, económico e informativo para aminorar los anhelos soberanistas. Ser más España: ésa es la consigna de la normalidad que depara López para Euskadi.

Al margen de la misión reductora de esta falsa normalidad, es evidente la bastarda pedagogía con la que España aborda la idea de conflicto en una sociedad democrática. Es como si entendiera la existencia de los problemas y las pugnas interiores como fenómenos negativos, cuando son la proyección de una colectividad dinámica. Somos una comunidad humana, esencialmente imperfecta. Lo normal, incluso lo deseable, es que aparezcan los problemas, que emanan de injusticias y desequilibrios reales. Y lo anormal es negarlos y esconderlos bajo la fantasía del sosiego. No diga normalidad, Sr. López, diga encubrimiento. ¿Por qué no decirnos sencillamente las verdades a la cara?